FINAL DEL CUENTO
Jamás nadie había tenido tantas riquezas, jamás nadie había tenido tanto poder, semejaban los reyes del mundo. Los estados pequeños eran títeres en sus manos y sus habitantes esclavos de la democracia triunfante convertida en el reino de los mediocres y los trepas; la inteligencia estaba, más que nunca, al servicio del dinero y la corrupción. Por otra parte, la gran mayoría de habitantes del planeta creían que evolucionaban hacía una tierra perfecta en la que el hombre sería tal el dios imaginado; cualquier artilugio tecnológico nuevo parecía confirmar dicha idea. Pero detrás de este oropel tecnológico se extendían los campos petrificados, las aguas turbias, las especies desaparecidas. Sí, alguien miraba, alguien se giraba y advertía, empero continuaba viviendo en la charca rutilante, y pocos se atreven a tirar piedras sobre el propio tejado. Las lluvias se volvieron torrenciales, verdaderos diluvios que anegaban miles de hectáreas, pues la temperatura terrestre había subido unos pocos grados, los suficientes como para que los polos empezaran a deshacerse, lenta pero inexorablemente, añadiendo todavía, si cabe, más leña al fuego. Pero los que más sufrían las consecuencias de este fenómeno eran los habitantes de las islas más bajas, pobres diablos que no representaban nada en el desconcierto internacional que continuaba impávidamente el saqueo y la alteración climática, sin saber, claro está, para quién trabajaba. Se creían cada día más ricos y más sabios, pero en realidad lo que hacían era destrozar su propio hábitat e hipotecar el fututro, una constante de las especies superpobladas. Al mismo tiempo, entre las gentes del planeta se despertó una desmedida afición por los dinosaurios y todas esas bestias que en un pasado remoto habían poblado la faz de la tierra, mitificándolos. Cualquier vestigio de esos seres se convirtió en sagrada reliquia, cualquier especulación cinematográfica realista era recibida con renovado entusiasmo. Muchos darían media vida por tropezar con algún saurio. Querían que resucitasen. Pero lo que no saben los hombres es que la vida, aparte de la forma sólida que todos conocemos, esta hecha de la frágil materia de las energías que se interrelacionan sin cesar, de las mil formas del espíritu y la mente que actúan silenciosa e inconscientemente; a veces incluso parece que se burlen de los actos y razones humanas. Cualquier análisis objetivo demostraría la ceguera y la estupidez de la humanidad entera, pero igual detrás de esa ceguera y estupidez se esconde la determinación del gran arquitecto, y la catástrofe que estamos preparando concienzudamente conseguirá que esos dinosaurios y demás bichos resuciten al llamado de unos hombres que sin saberlo les preparan el camino de regreso. Los polos se fundirán y, puesto que ellos guardan todas las semillas de la tierra, estas volverán a germinar, y madurarán con el calor los huevos de los animales mitificados, y como la tierra, tras el armaguedón, se habrá convertido en un bosque gigantesco de plantas mutantes capaces de absorber la contaminación, los antiguos seres dispondrán del alimento ideal y repoblarán el mundo, hasta que la ambición de los saurios acabe con el frágil equilibrio de los habitantes de la corteza terrestre, propiciando así que los humanos vuelvan, torpemente, a levantarse... Y es que, pese a todo, somos hijos de Gaia, y ella, en su inmutable girar, sí sabe. Iván Carrasco Montesinos
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