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ECOLOGÍA PROFUNDA

¿REFORMAR EL MUNDO O REFORMARNOS NOSOTROS MISMOS?

HAY QUE SEGUIR EL CAMINO… EL TAO, EL DIN, EL DRON…


En este texto, Pedro Burruezo, redactor jefe de The Ecologist, observa que, más allá de reformar el mundo, lo que necesita Gaia es que cada uno de nosotros se reforme a sí mismo. Sólo así será posible dar el paso hacia una era de armonía, paz, bienestar global y respeto medioambiental. Está hablando de ecología profunda. Y de algo más…
 
Fecha de publicación: 1-7-2008
Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica
 

Más allá de las palabras,

está el silencio.

Más allá del silencio,

se halla el Conocimiento.

Silencia tus palabras perecederas

y obtendrás verdades eternas.

Deja de lado la vida y el mundo,

y obtendrás la Vida del Mundo.

Proverbio sufi

Nuestro mundo está enfermo. Muy enfermo. Para algunos, está terminal. Otros guardan todavía algunas esperanzas. Pero, en cualquier caso, parece que la cosa no está para echar cohetes. Una y otra vez, en esta revista, en estas mismas páginas, hemos insistido en la cantidad de problemas que nos asolan por todas partes desde el punto de vista medioambiental: crisis climática, polución nuclear, modificación genética, enfermedades de la civilización, desaparición acelerada de especies, contaminaciones alimentarias… En el apartado social, parece que la cosa no está mucho mejor: desestructuración familiar, atomización social, guerras por doquier, drogadicciones hasta en la sopa, cultura basura, tasas de enfermedades mentales que no cesan de crecer, egoísmo a ultranza, usura, especulación… No terminaríamos nunca.

¿QUÉ ENCIERRA LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA?

¿Es la sociedad contemporánea la responsable de todo lo que ocurre? Evidentemente, no todo lo anterior fue muy negativo, ni todo lo actual es muy positivo, como nos quieren hacer creer los nuevos gurus del desarrollo económico y el progreso científico. Pero, a nivel global, nunca el hombre había ido tan lejos en su capacidad de destrucción. Los sabios de nuestro tiempo, los librepensadores que verdaderamente son libres (y que no están sujetos a tendencias políticas, empresas, grupos mediáticos, dogmas científicos…), señalan que el desastre, aunque ahora se muestre en todo su esplendor, empezó hace dos o tres siglos y que luego se ha ido acelerando. El mecanicismo, el cientifismo, el darwinismo, el antropocentrismo, el racionalismo… han ido sentando sus reales entre nosotros constituyendo dogmas que nadie se atreve a cuestionar, cuando, en principio, y hasta que no se demuestre lo contrario, son sólo eso, teorías, hipótesis. La Ilustración, la Revolución Francesa… han sido pasos hasta llegar a la era globalizada. La consigna del Nuevo Orden Global es: “Creemos un mundo erigido sobre el dogma de que lo material, lo pragmático, están por encima de lo espiritual”.

Cualquiera que se atreve a criticar a la clase científica y el desarrollo económico es tildado, de inmediato, de retrógrado, de luddita. El problema no está en el hambre de saber del ser humano, porque, desde el principio de los principios, nuestra especie siempre ha buscado poder controlar los cambios ambientales con el objetivo de satisfacer una necesidad de continuidad biológica de la propia especie. El problema radica, en efecto, en que ese saber que siempre había estado al cuidado de la sabiduría y del control social… se halla desde hace tiempo campando a sus anchas en manos de estados, empresas, ejércitos… Hace mucho tiempo que la ciencia no está al servicio del hombre, sino que trabaja en su contra, con la excepción de aquellos científicos independientes que obran, todavía, “orient-ados” hacia, en términos taoístas, lo que es el Tao, la virtud del camino ni correcto ni incorrecto: el Camino. ¿Es lícita una central nuclear, por más que produzca energía eléctrica con la que abastecer a escuelas, hospitales…? ¿Es que esa energía no se puede producir de otra manera?

Jamás ninguna sociedad ha cuestionado nunca la búsqueda de la sabiduría, pero la ciencia y la tecnología al servicio de la política y del mercado, cuando no de la violencia directamente, es un paradigma a demoler con toda urgencia.

UN CONOCIMIENTO DESLABAZADO

El hombre actual no sabe prácticamente nada. Ha perdido la referencia básica, primordial. Su conocimiento es un conocimiento deslabazado, atomizado, segmentarizado… Los científicos se desdicen los unos a los otros, las diferentes escuelas científicas se niegan entre sí, las nuevas corrientes reniegan de las anteriores… Al hombre actual le pasa lo que el gran poeta místico Rûmî ya sentenció hace muchísimo tiempo. El sheick dijo algo así como que: “La Verdad es un gran espejo que ha caído del cielo. El espejo se ha roto en mil pedazos. Y cada pedazo quiere tener toda la verdad”. Sin mirar al gran espejo, sin volver a echar la mirada hacia una perspectiva global que aglutine cada uno de los ámbitos de la existencia, es prácticamente imposible encontrar soluciones a los principales males que padecen hoy Gaia y la propia Humanidad.

Los ecólogos actuales ya ven la ecología no como una disciplina pormenorizada que hace referencia a los hábitats, las especies, los ecosistemas… sino como la disciplina de estudio que es capaz de englobarlo todo, porque el mundo, el universo, la vida… son un complejísimo eje de relaciones veladas y desveladas que son imposibles de comprender si no es a través de una visión holística. La ecología, como disciplina total, no puede dejar de incluir el mundo espiritual, pues la visión mecanicista de la vida, que nos reduce a entes biológicos a todos los sistemas vivos, y a la historia del mundo como una historia regida por el azar sin ton ni son, ha quedado rotundamente obsoleta. Una ciencia y una tecnología que caminan sin rumbo, en las manos de cada vez menos personas e instituciones y empresas, con unos intereses subjetivos bien claros y definidos, está destruyendo la vida. La ciencia y la tecnología caminan hoy por una senda que es justo la contraria a lo que Gaia necesita. El mundo no necesita ni una economía en perpetuo crecimiento, ni una tecnología sofisticada alejada de las necesidades esenciales de la vida, ni infraestructuras cada vez más grandilocuentes, ni una medicina basada en la enfermedad, ni una alimentación creada por empresas y no por madres (o padres) de familia… Lo que necesita el mundo, y la vida, y el hombre, es que la sociedad humana regrese a la esencia de la que partió: núcleos pequeños, sociedades unidas, basadas en la familia, economías locales, diversidad cultural, autosuficiencia…

¿UN PROBLEMA MORAL?

El problema del mundo actual, que camina hacia un colapso ecológico de consecuencias impredecibles, es un problema espiritual, de alejamiento del alma, y, por ello, acaba desembocando en un problema moral. Dice el Tao de Lao Tse: “La grandeza de toda virtud reside en su fidelidad al Tao”. Sentencias similares se pueden leer en todos los libros sagrados de las diferentes tradiciones espirituales del planeta y de todos los tiempos. Para los sufis del Islam, por ejemplo, el Tao se traduce en fitra, o estado natural. La inmoralidad nos llega por dos vertientes. A saber: 1) El mundo tecnocientífico, de la economía global o comunista, el mundo de la usura y de la especulación, del egoísmo llevado hasta sus últimas consecuencias, el mundo levantado en base a los principales dogmas que cimientan la sociedad contemporánea… es un mundo completamente alejado de cualquier límite o control de tipo ético, pues el mercado y la política son los que marcan las reglas del juego y, además de que el juego ya es en sí mismo pernicioso, estos actores tienen las cartas marcadas. Hasta tal punto se ha construido una doble moral inaudita y beligerantemente “sacrílega” que las principales amenazas que hoy nos acechan, como la crisis climática o la polución química, se han llevado a cabo en todo el planeta sin transgredir ni una sola ley de ni un solo estado y, para colmo, la creación de la tecnología y la ciencia que han permitido todas estas catástrofes han sido posibles gracias al consenso de la clase política, empresarial, científica y periodística. Eso es sólo posible en una sociedad donde el (des)conocimiento se ha alejado ya tanto de lo esencial… que cualquier cosa es posible. Verdaderas aberraciones de todo tipo son anunciadas en la prensa internacional como presuntos inventos, acciones o campañas que tienen por objeto salvarnos de nuestros problemas cuando, en realidad, lo que hacen es agravarlos: léase modificación genética (agricultura/alimentación), fusión y fisión nuclear y biocombustibles (energía), experimentación con células madre (salud)… Y 2) El mundo religioso oficial, hoy, es un mundo que hace una lectura o bien literalista de los textos sagrados y de la Tradición (sea cual sea ésta) o, peor aún, que hace una lectura completamente manipulada. La lectura escatológica, las profecías, ya avisan al respecto. Desde diferentes tradiciones espirituales, textos escatológicos, que profetizan sobre el final de esta era de la Humanidad, ya señalan que lo que en el hinduismo se denomina la Kali Yuga, la era de la gran destrucción, está caracterizada por la ignorancia, uno de los peores defectos humanos. Esta ignorancia se traduce, en el aspecto espiritual, en un fanatismo completamente alejado de las verdaderas y legítimas tradiciones (hinduismo, islam, cristianismo, judaísmo, religiones amerindias…), y/o… por una manipulación de los textos originales a manos de los popes de las respectivas jerarquías. Si los políticos, los científicos y los empresarios… están vendidos a los intereses del Sistema, y radicalmente alejados de cualquier norma moral, espiritual… y las partes oficiales y visibles de las religiones están errando en el camino, ¿a quién podemos escuchar?

SEGUIR EL CAMINO

El sabio Abu Sa’id b. Abil’l-Khayr dejó dicho: “El hombre (verdadero) es aquel que se sienta y se levanta junto a los demás, duerme y come, se relaciona con los demás, compra y vende, y se mezcla con la gente, pero en ni un solo momento olvida a la Divinidad en su corazón”. Hay que seguir el camino. Pero, cómo hacerlo, cuando el mundo está en llamas. Otro maestro sufi, Seyyed Hossein Nasr, aporta un poco de luz. “…la verdadera reforma del mundo empieza con la reforma de uno mismo. El que se domina a sí mismo domina al mundo, y aquel en quien ha tenido lugar una renovación de los principios de la religión (en este caso, el islam, pero la cita es atribuible a cualquier tradición), en toda su amplitud ya ha dado el paso más fundamental hacia el renacimiento del islam (insistimos en que la cita es atribuible a cualquier tradición), pues sólo el que ha resucitado en la verdad puede resucitar y hacer revivir el mundo que le rodea, sea cual sea la extensión de ese ‘mundo’ según la voluntad del Cielo”. Ni confianza en el progreso, pues, ni lectura literalista y fanática de las tradiciones: mirar al interior parece la única salida. Pero puede ser peligrosa, pues uno puede acabar comiéndose sus propias inmundicias. Las diferentes tradiciones, en su esencia más primigenia y menos conocida por las masas, nos muestran el camino. Si sabemos vivir ajenos a los dogmas, discernir lo verdadero de lo falso, ir a la esencia, huir de las lecturas literalistas, la probabilidad de error disminuye notablemente. Si no le damos un vuelco a la situación, y, como en tiempos remotos, lo material no vuelve a estar subordinado a lo espiritual, no hay escapatoria posible, ni a nivel medioambiental ni en el terreno de lo personal. Theilard de Chardin, el místico cristiano, que afirmaba que cada átomo tenía conciencia, señaló: “Al hombre moderno sólo le queda elegir entre el suicidio y la adoración”. Parece bien claro cuál es el camino que ha elegido la sociedad globalizada, pero no quiere decir que nosotros debamos hacer lo mismo. Hay otras opciones… Y, quede bien claro, ojo, que, según otro proverbio sufi, muy elocuente, “un instante de amor es más precioso que cien años de adoración vacua”. Aunque, bien pensado, ¿el hombre se está suicidando o alguien está asesinando a la Humanidad? Coomaraswamy nos aclara la cosa.

PALABRA DE COOMARASWAMY

Anada K. Coomaraswamy, uno de los grandes perennalistas de nuestra era, ha dejado dicho: “Caín, que mató a su hermano Abel, el pastor, y construyó la primera ciudad, prefigura la civilización moderna. Ésta ha sido descrita desde dentro como ‘una máquina asesina sin conciencia y sin ideales’, ‘no humana, ni normal, ni cristiana’ y, en definitiva, como ‘una anomalía, por no decir una monstruosidad’. Alguien ha dicho: ‘Los valores de la vida retroceden lentamente. Queda la fachada de la civilización sin ninguna de sus realidades’ (y conste que esto fue escrito a principios del siglo XX). Se podrían citar críticas aparecidas indefinidamente. La civilización moderna, por su abandono de todo principio, se puede comparar a un cuerpo sin cabeza cuyos últimos movimientos no son más que convulsiones carentes de sentido. Sin embargo, de lo que queremos hablar no es de suicidio, sino de asesinato”. El sistema social, económico, político y legislativo del Nuevo Orden Mundial crea museos para ubicar Cd’s con cantos puros, místicos, embriagantes… pero destruye las formas de vida de sus legítimos cantores y, con ello, tarde o temprano, el canto mismo.

Para Coomaraswamy, la civilización tecnocientífica, que está destruyendo la vida, esconde algo terrible: “Hay algo más que intereses políticos y económicos detrás del furor proselitista: detrás de todo eso hay un fanatismo que no soporta ninguna sabiduría que no sea de su época o de su clase ni producto de sus propios cálculos pragmáticos. ‘Hay un rencor –dijo Hermes Trismegisto- que desdeña la inmortalidad y no quiere que reconozcamos lo que hay de divino en nosotros’”. Efectivamente, desde la ecología profunda, no podemos dejar de corroborar que el fanatismo proselitista tecnocientífico actual (el del desarrollo económico) y el fanatismo religioso en sus diferentes vertientes son hijos de la misma madre, y, al fin y al cabo, ambos desdeñan el camino originario y esencial de las diferentes tradiciones. Si los pensadores de la ecología profunda no comprenden esta nauseabunda paradoja, su pensamiento estará cojo e incapaz de responder con sabiduría al verdadero eje del mal actual. Dicho de otra manera… Bin Laden y toda la parafernalia tecnocientífica que masacra culturas y la vida no son discursos antagónicos, sino que pertenecen al mismo mundo, un universo alejado del conocimiento capaz de englobarlo todo, desde el mundo espiritual no literalista (basado en el amor, el gusto por la belleza y la unidad) hasta una ciencia y una tecnologías de escala humana y al servicio del hombre, en el marco del respeto por la vida, la diversidad biológica y la diversidad cultural.

ECOLOGÍA PROFUNDA

Un fanático evangelista o hindú, judío o musulmán, que ve infieles por todas partes, y un científico al servicio de Monsanto que cree que los ecologistas son herejes antitecnológicos, están todos del mismo lado. La ecología profunda, para tener un verdadero sentido, para poder llegar a calar profundamente algún día, para tener argumentos con que hacerle frente a la destrucción de la vida, no puede sino afrontar la idea de que no todos los seres humanos son “una plaga para el planeta”, sino sólo aquellos humanos que se han adscrito, no al modo de vida, sino al modo de entender la vida que significa la sociedad postindustrial, sociedad en la que los mitos del desarrollo económico, del cientifismo, del ateísmo pragmático, del antropocentrismo… amenazan con acabar sacrificando cualquier otra forma de entender la vida que no esté subordinada a lo material.

Como ha escrito de forma emblemática Segesvary: “La globalización y la coexistencia de diferentes civilizaciones son incompatibles. Nuestro futuro está determinado por esta antítesis porque la globalización no representa nada más que el dominio mundial de ciertos modos de vida y ciertas formas de la civilización occidental… la conquista mundial del consumismo, de la perpetua búsqueda de más de todo, y cierto estilo de vida que da prioridad a los bienes materiales a expensas de la espiritualidad y el enriquecimiento intelectual”. Si la ecología profunda quiere representar una verdadera alternativa al mundo moderno, tiene que comprender que debe dejar a un lado no sólo los principales paradigmas con los que podría identificarse cualquier ciudadano “progre”, solidario y bienpensante, sino con otros que van verdaderamente asociados a la sociedad tecnocapitalista o comunista: el desarrollo económico, el mecanicismo y algunos otros mitos igualmente nocivos… ¿Puede alguien adscrito a la ecología profunda ser un alegre activista del aborto libre y gratuito? ¿Puede alguien que quiera adentrarse en las profundidades de la espiritualidad y, por tanto, ser un defensor a ultranza de la Naturaleza, querer compatibilizar todo ello con la imposición en todo el orbe de una sola cultura hegemónica y dictatorial, que impide a los ciudadanos expresarse según sus tradiciones espirituales (ojo, la ablación, el asesinato por honor, etcétera, no pertenecen a ninguna tradición espiritual, sino que forman parte del mismo caos actual que domina en todo el planeta)… Se quiera entender o no, los principales rincones del planeta que mantienen una cierta riqueza biológica han mantenido su virginidad no gracias al progreso y a sus decenas de dogmas, sino a pesar suyo.

VOLVER A LA ESENCIA

No hace falta intentar imitar, en lo externo, las formas de vida del pasado para sobrevivir al presente y preservar el futuro. Ni desarrollo económico ni imitación fatua. Pero recoger la esencia de la gran Tradición Perenne puede ayudarnos. Regresamos a Coomaraswamy para que nos dé las claves: “Por lo demás, si el mundo debe ‘cambiar su mentalidad’ (arrepentirse) es más en su propio interés que con miras a efectuar una restitución; pues como dice la Filosofía a Boecio en su angustia: ‘Has olvidado quien eres’. Pero, ¿cómo este ‘animal racional y mortal’, esta mente extravertida, puede despertarse? ¿Cómo puede acordarse de sí mismo y convertirse, desde su sentimentalidad y su confianza absoluta en un saber estimativo, a la vida del intelecto (Nota de The Ecologist: el intelecto, desde el prisma de la Tradición Perenne, no significa lo mismo que para un occidental medio; el intelecto es, para la gran sabiduría eterna, un concepto más holístico, que incluye la profundidad espiritual). ¿Cómo devolver su significado a este mundo? No será, por supuesto, mediante un retorno a las formas exteriores de la Edad Media, ni tampoco por la asimilación de un modelo de vida que sobreviva en Oriente o en otras partes. Pero, ¿por qué no por un reconocimiento de los principios en los que se fundamentan los modelos? Estos principios, sobre los que reposa todavía la vida ‘preservada’ de Oriente, deben al menos captarse, respetarse y comprenderse…”.

La esencia del mundo espiritual tiene una parte exotérica y otra parte esotérica. En la parte exotérica, más allá de ritos y liturgias, no hay espiritualidad si no existe un compromiso con la alianza cósmica, un respeto del “gran templo”: la Creación. Esto tiene que traducirse, someramente, en una conducta ambiental y social, familiar, vecinal… intachable. En otro orden de cosas, quien practica la ecología profunda pero sin seguir una línea que profundice en el mundo espiritual… se queda a mitad del camino, pues el mundo dista mucho de ser un mero conjunto de factores biológicos regidos por el azar. No hay ecología profunda mientras sobreviven, en el corazón de uno mismo, los paradigmas que rigen la misma sociedad que nos está destinando al abismo.

LUCHAR CON LA CONTRAINICIACIÓN

René Guénon escribió: “El llamado ‘mundo moderno’ -o aún ‘posmoderno’- ha cambiado hace ya tiempo calidad por cantidad. Todas las labores humanas han sido degradadas de acuerdo con ese patrón cuantitativo en detrimento de lo esencial. Desde las artes a la política, pasando por todas y cada una de las formas de pensamiento, la cantidad ocupa el lugar de lo cualitativo. Este es el reino de un mundo No-Tradicional, que, lejos de suponer algo genuinamente nuevo, implica el retorno, descenso a los infiernos de lo vegetativo y sin forma... Más que a lo primordial, a lo esencialmente primario en la más peyorativa de sus acepciones posibles”. La contrainiciación y la pseudoiniciación conducen a un mundo de lo sucedáneo, absolutamente inverso a la Verdad. En realidad, son los caminos de tinieblas que han conducido al hombre a los últimos días en los que podríamos estar viviendo ya. La contrainiciación y la pseudoiniciación se disfrazan de todo para engatusar a las masas y a los supuestamente buscadores. Hoy, la ecología más profunda, cimentada en la Tradición y en la verdad, completamente opuesta a las tinieblas de la Kali Yuga, tiene que beber de las fuentes de la Tradición, que es la única sociedad, la única forma de pensamiento, que puede plantarle cara al mundo de la usura, la contaminación y la tiranía de lo material, el mundo maquinado por la contrainiciación. La Tradición es una sola Verdad, pero en todas y cada uno de sus lenguajes; las versiones, adaptadas a cada pueblos y a cada época, pueden ser millares; la Tradición permite, a quienes la comprenden, concepciones integrales del mundo y de la vida, mucho más amplias, en verdad, que los discursos de todos los filósofos contemporáneos, por viscerales que sean; abre las puertas de nuestro corazón y de nuestro cerebro a diferentes visiones de una misma verdad sagrada. Sin esa sabiduría, la ecología profunda es, o será, sólo un movimiento ecologista más. Sin todo ese conocimiento, la ecología profunda no tiene futuro. Pero, si la ecología profunda sabe beber de la sabiduría primordial que ha prevalecido durante milenios, entonces la ecología profunda puede devolverle al hombre, a nuestra especie, la esperanza… Quiero concluir con una gran poetisa mística sufi, la gran Rábi’a: “Oh, Dios, si Te adoro por miedo al Infierno, quémame en el Infierno; y si Te adoro por la recompensa del Paraíso, exclúyeme del Paraíso; pero si Te adoro por Ti mismo, no me ocultes Tu belleza eterna”. ¿Ecología profunda con la voluntad de que sobreviva nuestra especie? ¿Ecología profunda para salvarnos a nosotros mismos? Todo eso no tiene sentido. El único camino de verdad es el amor al Uno, la desaparición de la dualidad, la embriaguez en el amor al Todo, porque Todo es Uno y Uno es Todo. Esto sí es ecología profunda. Volar sin alas…

Pedro Burruezo

burruezo@theecologist.net


 

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