DESDE LA DIRECCIÓN DE LA REVISTA, ECOACTIVISTAS PUBLICA ESTE MONOGRÁFICO PARA QUE EL COLECTIVO ECOLOGISTA REFLEXIONE SOBRE SI EXISTE O NO LA CONCIENCIA VEGETAL.
A menudo, reivindicamos como insostenibles y repugnantes las infrahumanas condiciones de vida en que viven millones y millones de animales de producción alimentaria cuyo fin es mitigar la insaciable hambre de la sociedad de masas tecnificada. Pollos, corderos, vacas, cerdos, conejos… viven, son transportados y sacrificados en unas condiciones abominables. Basamos nuestra dieta en productos de origen animal. Esto tiene unas desastrosas consecuencias en los ecosistemas. También significa mucho sufrimiento y dolor para cientos, miles, de millones de nuestros hermanos los animales. Multitud de grupos activistas han surgido en los últimos años en todo el planeta que abogan por conductas que conlleven un modelo social de liberación animal, como los grupos veganos.
Pero, ¿y qué pasa con el mundo vegetal? ¿Sufren los vegetales modificados genéticamente que han sido alterados para producir más y más deprisa? ¿Padecen las hortalizas que son indiscriminadamente rociadas de pesticidas en invernaderos a unas temperaturas que parecen de otro planeta? ¿Son conscientes de su triste vida los árboles de producción maderera creados y plantados en los llamados “desiertos verdes”? Sólo el mero hecho de plantear estas preguntas hará que algunos científicos, empresarios y políticos se rasguen las vestiduras. También hay muchos pensadores que señalan que todo en el Universo tiene conciencia. Entonces, ¿los vegetales sienten?
No creemos que nuestro cerebro esté preparado, en la actualidad, para responder a esta pregunta. O, dicho de otra manera, nuestra inteligencia no es capaz todavía de constatar la forma en que los vegetales desarrollan su inteligencia, sus emociones, su sensibilidad. Algunos científicos se pronuncian en un sentido y otros lo hacen al contrario. Lo que sí sabemos, y a ciencia cierta, es que la manera que tratamos al mundo vegetal, las plantas, nuestros bosques, nuestros ecosistemas, de los que el mundo vegetal es una parte primordial, sólo conduce a un lugar: un desastre ecológico de escala global, sin precedentes y de gravísimas consecuencias para todos los organismo vivos gaianos… Es posible que nuestro cerebro no pueda responder a ciertas preguntas, pero nuestros corazones sí. Cualquier persona sensible sabe, siente en su interior, que un bosque ardiendo es algo doloroso… no sólo para el humano que lo contempla, sino para los propios árboles.
Y, si nuestros cerebros no pueden (y no quieren) responder a ciertas preguntas, tendrán que hacerlo nuestros corazones, nuestras almas. Porque, si seguimos dejándonos llevar por los ímpetus de los mercados y nuestra tramposa razón, llegaremos algún día a convertir lo que fue un enorme vergel, Gaia, en un despreciable desierto (ojo, los desiertos también son bellos, pero no nos parece muy ético sacrificar la vida sólo para deleitarse ante la estética de unas dunas casi estériles…). Es necesario volver a conectar con los árboles, con la vida vegetal y con toda la vida gaiana… con el corazón, con el alma, que nunca engaña. Hay que volver a ser raíces, ramas, hojas, flores… Llevamos una semilla hermosa dentro. No dejemos que el mundo tecnocientífico nos anule el ojo con el que algún vimos a todos los seres vivos como verdaderos hermanos. Seamos Uno con ellos.
EcoActivistas
Han colaborado en este número: Begoña Quintanilla, Colectivo A Morteira, María Isabel Pérez, Ángeles Parra, Armando José Yánez, Miguel Herrero, Pedro Burruezo, Nelly Nichols y Stella Campos, Oliver Tickell, Geffrey Smith, Pablo Bolaños, Jean Giono, Vía Campesina, Joaquín Albaicín, Claire Robinson, Toni Cuesta, Pablo Bolaños, María Bienvenida de Vargas, Mónica Ibáñez, Raj Patel, Cristian Freis, Heriberto Elder y Enrique A. Rabe, Pía Codina…
Vox Populi
MALDITOS SEAN
Hace un año y medio comenzó todo. Entonces fue más un grito de rebeldía que un movimiento verdaderamente articulado: por una vivienda digna. Y poco más; para desgracia de algunos, que pensaron que nos conformaríamos con que nos dejaran gritar un día (ojo, sólo uno, lo cual nos quedó claro enseguida), esto continuó y dio lugar no sólo a una protesta sostenida; queríamos profundizar más, aportar nuestros propios análisis, nuestras conclusiones, nuestras propuestas. En aquellos días dijimos que el barco se iba a hundir. Que la situación era insostenible y que esta economía del ladrillopolio tenía, paradojas de la vida, unos cimientos muy poco sólidos. La respuesta desde el poder era una sonrisa de conmiseración: estúpidos radikales (con k de ignorantes, por supuesto), la vivienda nunca bajará, el ciclo jamás se romperá, no hay burbuja. Así se sostenía día tras día. Y esto no es una expresión. A diario se afirmaba (excusatio non petita…) que el ladrillo gozaba de una salud de hierro. Esa era la prueba más clara de lo que iba a pasar realmente: si tu pareja te tiene que garantizar a diario que no piensa en otro, más vale que vayas haciendo las maletas. De hecho la economía ya estaba entonces empaquetando sus pertenencias, tras una década de ladrillos y de orgías, presta a retirarse a sus cuarteles de invierno, donde no pasará frío, porque siempre se quedan helados los otros, los mismos.
Somos constantes, pertinaces, radicales, por supuesto: radicales en nuestra obstinación por ir a la raíz del problema. Hemos entendido, somos peligrosamente conscientes para el poder: sabemos cómo funciona, qué le mueve, a qué ritmo late su corazón (con perdón). En septiembre una amiga que ha hipotecado su vida se mostró esperanzada por la bajada del Euríbor. No deberías alegrarte, le dije, porque si no te pueden subir la hipoteca, otra cosa te subirán. A lo mejor la cuota del banco será la misma, pero el pan te costará mucho más caro. Y así sucedió. No hace falta ser Keynes ni Tamames. Basta con entender el alma de este injusto sistema económico que trata a las personas no como un fin en sí mismas, sino como si fueran un activo económico más para invertir. Esta máquina se nutre de las vidas de los demás para aumentar su ritmo; la Humanidad es su combustible renovable (por ahora). Un ajuste de tuerca, otro más, un tercero; aquí aprieta, en el tercer mundo ahoga. Y si mañana pueden, también ahogarán aquí.
La Humanidad es la gasolina que mueve esta locomotora desbocada y suicida, que conduce un tren presto a estrellarse contra la propia Humanidad. No le importa que la gente pierda su empleo, que mueran niños que pisaron donde no era, que el ambiente envenenado esparza el cáncer por doquier. Miro a mi alrededor y entonces las grandes palabras se desvanecen. Tipos de interés, inflación, crecimiento, balanza comercial, flexibilización... términos huecos, vacíos, como de un idioma inventado; nada de esto importa cuando estoy entre la gente que camina, que sufre y que tiene (a pesar de todo) sueños. Cuando converso con una pareja amiga ilusionada que espera un hijo y que hace cuentas (y descuenta) a fin de mes; cuando veo a mi vecino, trabajador que ya no trabaja, porque ahora los ladrillos no dan dinero al patrón; cuando observo a una juventud sin formación ni esperanzas, educada en la filosofía del individualismo que no permite decidir sobre la propia vida.
Ojalá todos nos cruzáramos mañana de brazos y nos apeáramos de este tren. Es la única manera. Levantémonos del sitio, plantémonos enfrente del poder y digamos todos juntos: se acabó. Sí, lo sé, soy un ingenuo, como todos los que son como yo y como decía el Poder, como lleva diciendo año y medio. La gente no se va a plantar, no va a suceder, es imposible: “No podemos hacer nada”, “Las cosas son así”, “Es lo que hay”. En el idioma de la locomotora esto quiere decir que en este tren suicida nosotros no viajamos como pasajeros, sino como mercancía. Hace tiempo que dejamos de ser hombres libres, o tal vez ya no seamos ni tan siquiera hombres. Los únicos hombres que quedan hoy día son quizá los que echan más carbón a la locomotora. Malditos sean, y maldito el mundo que queman en el fuego de su propia codicia.
Daniel Jiménez Lorente
BRAVO, BRAVO Y BRAVO
Hacía mucho tiempo que estaba deseando leer un artículo en The Ecologist como el que firmó Pedro Burruezo en el número 32 de la revista. Sí, señores, el pastoreo es mucho más que un cuento del pasado. Es una realidad fértil, inmensamente ecológica, sabiamente sostenible. Las ovejas son bomberos de nuestros bosques. ¿Nadie ve la relación entre la desaparición del pastoreo, la desertización rural y los incendios?
Esteban Marcos (Segovia)
A LOS CABALLOS…
Señores de The Ecologist, ustedes están chalados. En la página de Vox populi del número pasado ví que hay otros lectores que opinan, como yo, que a ustedes se les ha caído un tornillo. Eso sí, son el medio más divertido que existe hoy en la prensa nacional. Mira que decir hay que sustituir los coches y la maquinaria agrícola por los caballos, los mulos y los bueyes… Jamás se me hubiera ocurrido que, a estas alturas de la Humanidad, alguien iba a abogar (en serio) por volver a etapas anteriores a la industrialización. Y, a pesar d etodo, lo que ustedes plantean… no es tan alocado, al menos tal como están las cosas. Oh, qué gusto, cruzar la Diagonal a lomos de mi alazán. ¿Es eso la ecología? ¿de verdad? ¿Y si fuera cierto…?
Joan Carles Vidal (Barcelona)
HOMENAJE AL MAHATMA GANDHI
Queridos amigos de The Ecologist: en el último número de su y nuestra querida revista aparece un homenaje a las formas de lucha promovidas por el gran maestro Mahatma Gandhi. Me parece muy bien que, en estos tiempos de caos bélico por todas partes, ustedes hagan hincapié en la necesidad de luchar, pero sin utilizar la violencia. Practico el ayuno habitualmente, no como proteína animal y procuro seguir las enseñanzas del gran maestro. Si todos siguiéramos sus pasos, otro gallo nos cantaría…
Clara Ibáñez (Cádiz)
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