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Eco-nomía = De-crecimiento


LA ECO-NOMÍA VERNÁCULA ES DE ÁMBITO LOCAL Y POR ELLO ES SOBRADAMENTE AUTOSUFICIENTE

Reproducimos un resumen del capítulo 59 de “El Tao de la ecología” (Icaria Ed.), de Edward Goldsmith, capítulo en el que el autor resume las ventajas de las economías de los pueblos vernáculos, en armonía con Gaia, en contraposición a la economía de los pueblos tecnológicos, que actúan contra la vida en nuestro planeta. Las sociedades vernáculas eran y son un ejemplo de “eco-nomía social”, perfectamente adscritas a las leyes gaianas.
 
Fecha de publicación: 1-10-2007
Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica
 


Los sistemas naturales, a medida que evolucionan, se vuelven más autosuficientes y reducen su dependencia de las fuerzas que están fuera de su control. Esa estrategia es esencial para aumentar su capacidad homeostática y, por ende, su estabilidad. Eugène Odum señala que en el caso de la sucesión ecológica, a medida que los sistemas evolucionan, aumenta su autosuficiencia y su mantenimiento disminuye su dependencia de los recursos procedentes de fuera. Las cadenas alimenticias se vuelven más complejas, y los detritos proporcionan una fuente de nutrientes cada vez más importante. “En un bosque maduro, menos del 10% de la producción neta anual se consume (es decir, sirve de alimento) en el estado en que crece: la mayor parte se utiliza como detritos tras complejos procesos en los que se produce algo tan poco comprendido como las interacciones animal-microorganismo”. Del mismo modo, los nutrientes inorgánicos que originalmente derivaban de fuera del ecosistema… poco a poco se vuelven “infrabióticos”, reciclándose así constantemente (Odum, 1969, pp. 262-270).

UNA ESTRATAGIA ESENCIAL
Esta estrategia es esencial para aumentar la capacidad del ecosistema para mantener su homeostasis y, en consecuencia, su estabilidad. Lo mismo puede decirse respecto a las comunidades vernáculas, donde, a medida que crece la autosuficiencia, disminuye la dependencia de los recursos externos. Los alimentos y los útiles se distribuyen ampliamente, según unos procedimientos que respetan las normas de reciprocidad y redistribución y están bajo control social. En muchas sociedades vernáculas, lo que parecen ser transacciones comerciales son en realidad intercambios muy ritualizados, integrados en las relaciones sociales. Determinados bienes se intercambian en muchos casos por bienes de otro tipo, e incluso por objetos socialmente valiosos que se asemejan mucho a lo que consideraríamos dinero. Pero incluso este intercambio no se hace por motivos “económicos”, como insiste Malinowski, en referencia a los habitantes de las islas Trobriand, porque: “No hay ni rastro de ganancia, tampoco hay ninguna razón para buscarla desde la óptica puramente utilitaria y económica, dado que el intercambio no produce ninguna mejora en la utilidad del material… Por ello, en las Trobriand es habitual el tipo de transacción en el que ‘A’ da a ‘B’ veinte cestos de ñames y recibe a cambio una cuchilla afilada. Al cabo de pocas semanas, se repetirá la misma transacción al revés” (Malinowski, 1961, p. 176).

El mismo tipo de comercio se da con otros grupos sociales relacionados. Tanto Gauss como Malinowski describieron las largas expediciones comerciales que algunos emprendían periódicamente. Transportaban determinados tipos de objetos valiosos para personas que vivían en islas más lejanas, y organizaban las visitas según un orden que seguía las agujas del reloj, mientras otras expediciones llevaban otro tipo de objetos valiosos a las islas en el sentido contrario a las agujas del reloj. Estas expediciones no tenían un objetivo económico. “Lo llamamos comercio”, escribe Polanyi, “pero en ellas no hay ningún beneficio ni monetario ni material” (Polanyi, K. 1945. p. 579).

Incluso en los poblados de India, donde la estructura social se diferencia un poco de la norma tribal, lo que se podrían considerar transacciones comerciales estaban, hace poco, bajo control social. Un campesino acudía al ceramista del pueblo cuando necesitaba un recipiente y al herrero cuando necesitaba herramientas. A cambio les daba una cantidad de comida según una proporción que, en lugar de estar establecida por las ciegas fuerzas del mercado, la establecía la Tradición. Además, aunque el ceramista local fuese un artesano corriente y se pudieran conseguir mejores piezas en otra parte, eso no se consideraba motivo suficiente para cambiar de proveedor.


LA ECONOMÍA MODERNA

A la luz de los valores de la economía moderna, semejante sistema no proporciona aliciente a los ceramistas para incrementar la producción. Ni siquiera para mejorar la calidad de su producto. Pero esa objeción en este caso carece de sentido. Las relaciones comerciales entre los distintos miembros de un pueblo tradicional hindú se concebían prioritariamente para satisfacer objetivos no tanto económicos como sociales. Después de todo, la calidad de las piezas de barro no es la principal consideración. Es mucho más importante el mantenimiento de la estabilidad y la cohesión social.

Mahatma Gandhi comprendió bien esto. Uno de los conceptos básicos de su filosofía era el swadeshi, al que describe como “el espíritu que hay entre nosotros, que nos limita a la utilización y al servicio de nuestro entorno inmediato, y a la exclusión para ello de lugares remotos” (Gandhi, 1949, p. 350). Para Sunderlal Bahuguna, el líder del movimiento Chipko de los Himalayas, el swadeshi es la principal enseñanza de Gandhi.
El crecimiento económico mina drásticamente la práctica del swadeshi, puesto que se basa en el principio de que hay que subordinar cualquier consideración, sea moral, social o ecológica, a la economía a corto plazo.

En las sociedades tribales, sólo cuando se trata con extranjeros se permite operar según las leyes del mercado, sin restricciones sociales, y se permite realizar transacciones exclusivamente mercantiles, como comenta Bohannan: “Un ‘mercado’ es una transacción que no requiere relaciones personales a largo plazo, razón por la cual se puede explotar al máximo. De hecho, la presencia de una relación previa imposibilita un ‘buen mercado’. A la gente no le gusta vender a parientes, porque, si bien a un extranjero se le puede pedir un precio alto, no queda bien hacerlo con un pariente. La conducta de mercado y la relación de parentesco son incompatibles en una relación y el individuo debe renunciar a una de las dos”.
Esto está muy relacionado con el precepto del Antiguo Testamento según el cual “a un extranjero puedes hacerle un préstamo con usura, pero a un hermano no puedes hacerle préstamos usureros”.

SOLIDARIDAD Y RECIPROCIDAD
Sahlins muestra que es posible distinguir entre las relaciones económicas dentro de diferentes sectores como la casa, los parientes, el pueblo, la tribu y fuera de la tribu. A medida que pasamos del primero al último también la reciprocidad y la solidaridad  se substituyen poco a poco con el regateo y la formación de beneficios, y las relaciones económicas adquieren un carácter cada vez más comercial. Por eso en una sociedad el sistema mercantil sólo podía crecer si desaparecía la solidaridad y la reciprocidad entre los grupos sociales y se borraba la diferencia esencial entre relaciones sociales dentro y fuera de esos grupos; en otras palabras, para que la riqueza económica se pudiese convertir en la principal preocupación del hombre, había que despojarlo de su riqueza social.

Aunque todas las sociedades han tenido algún tipo de economía, hasta ahora “no había existido ninguna economía que, incluso desde el principio, estuviera controlada por los mercados”, como señala Kart Polanyi (Polanyi, K, op. cit. P. 56). No es sorprendente, puesto que sólo resistiendo el poder de las fuerzas de mercado se podría “mantener la integridad de los sistemas sociales y ecológicos”. Cuando los mercados dejaron de ser meramente incidentales en la vida económica, las sociedades en las que operaban, junto con los ecosistemas en los que vivían, quedaron condenados a la rápida desintegración.

En Europa, en la Edad media, sólo se comerciaba con bienes de importancia secundaria (especias, cirios, sedas orientales y artículos de lujo de interés principalmente para la Iglesia y la aristocracia) en los mercados de las ferias anuales que se celebraban en grandes ciudades europeas. En los siglos XII y XIII, la rápida expansión del mercado, que llegó a dominar la vida económica de las sociedades europeas, significó una revolución económica. En ella jugó un papel esencial la transformación de los recursos esenciales (tierra y trabajo) en mercancías, porque, como subraya Polanyi, “el trabajo es sólo otro nombre para una actividad humana inherente a la propia vida, que no se produce para comerciar sino por otras razones totalmente diferentes, y no se puede desvincular del resto de la vida, ni almacenar, ni movilizar. Tierra es sólo otro nombre para la Naturaleza” (Polanyi, K, ibid, p. 78).

LA EUROPA MEDIEVAL
En la Europa medieval, ni la tierra ni el trabajo se habían intercambiado previamente a través del mercado. Los siervos medievales estaban vinculados a su tierra, pero sus relaciones con su señor eran más obligaciones mutuas que basadas en la conveniencia puramente económica, y a cambio solían tener la seguridad de disponer de la tierra. La ocupación de la tierra se determinaba más por su “estatus” que por “contrato”. Pero una vez que la vida humana comenzó a considerarse puramente como mercancía, el trabajo dejó de estar integrado en las relaciones sociales y el “ser humano completo” fue sustituido por el trabajador, una nueva categoría humana. Mientras el humano vernáculo, el ser humano integral, es miembro de una familia y de una comunidad, y tiene acceso a la tierra en la que cultiva su alimento, el trabajador vive en una sociedad atomizada, ha quedado desprovisto de su tierra, y puede ser movilizado para cumplir cualquier función (aunque sea social y ecológicamente destructiva, o moralmente repulsiva) que le proporcione el salario del que ahora depende para satisfacer sus necesidades biológicas y sociales enfermedades.

La trasformación de la tierra en una mercancía también tuvo enormes implicaciones sociales y económicas. El contrato, establecido según el sistema del mercado (en lugar de hacerlo en función del estatus establecido por la Tradición, que refleja la estructura social de la sociedad), empezó a determinar dónde cada familia debía vivir y trabajar la tierra. El modelo resultante para la tenencia de la tierra quizá cubría las necesidades del nuevo sistema económico, pero desencadenó la desintegración de la sociedad en meros montones de extranjeros. Además, la comunidad desintegrada solía tener dificultades para mantener su estilo de vida, puesto que los alimentos se vendían a través del mercado, y los compraba quien pagase más por ellos, sin tener en cuenta la comunidad o la sociedad a la que pertenecían.

EL HAMBRE EN EL SUR
Polanyi atribuye la severa escasez de alimentos que hubo en India bajo el mandato del rajá británico al nuevo sistema de mercado establecido, que destruyó la comunidad de los pueblos indios. “Mientras bajo el régimen del feudalismo y de la comunidad del pueblo, nobleza obliga,  la solidaridad del clan y la regulación del mercado de grano detenía la carestía, bajo la ley del mercado la gente no podía evitar morir de hambre en función de las reglas del juego” (Polanyi, K, 1957, p. 160). La verdadera base del sistema de mercado, una vez liberado de las restricciones sociales, es que los bienes se deben comprar lo más baratos posible y venderlos al precio más elevado. Eso significa que debe haber un tráfico unidireccional de lo más esencial de la vida de los pobres hacia los ricos, quedando así los primeros condenados a la desnutrición y al hambre. Redcliffe Salaman destaca que en Irlanda, durante la crisis alimenticia en la que millones de personas murieron de hambre, el grano se siguió exportando a Inglaterra. “Los irlandeses no lo podían comprar, en parte porque se enviaban a Inglaterra más de 200 toneladas semanales y también porque, aunque no fuese así, los irlandeses no lo hubiesen podido pagar” (Salaman, 1949, p. 293).

LA EXPORTACIÓN Y LA MISERIA
Hoy en día, ese tráfico es una de las principales causas de desnutrición y hambre de los países del Sur, donde una gran proporción de tierras fértiles (hasta el 70% en algunos países) se utiliza para cereales para la exportación. Además, según las normas establecidas por el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), mientras haya demanda en el mercado internacional… un país debe exportar lo que produce. Sólo cuando prevalece la desnutrición y el hambre se puede hacer una excepción. Algunos delegados de EE.UU. en estas negociaciones insistieron en que no debía haber ninguna excepción al acuerdo, ni en los casos de hambre y desnutrición.
Cuando el mercado rige nuestra vida económica, el mundo natural no se considera más que una fuente de recursos para ser convertidos en mercancías y transformados en dinero en el mercado global. Es un proceso maligno por el que se explotan sistemáticamente los bosques, los lagos, los arrecifes de coral, los ríos, los estuarios y los mares, junto con todos los seres vivos que los habitan. A los políticos, los industriales o los economistas no parece preocuparles lo que ocurre cuando todo eso desaparece y los países quedan transformados en desiertos.

FUERA DE LA ÓRBITA DEL MERCADO
La única manera de evitar que un recurso se convierta en un producto y se venda es manteniéndolo fuera de la órbita del mercado global. En Nueva Zelanda es ilegal vender truchas en las tiendas. Se reservan para los pescadores de caña, y por eso aún se pueden pescar truchas en los lagos y ríos del país. Sólo estableciendo parques nacionales en los que los seres vivos se mantengan fuera de la órbita del mercado se pueden proteger muchas especies, aunque si prosigue mucho tiempo el crecimiento económico… la presión que se ejerza sobre esos parques será, desgraciadamente, irresistible. No deja de ser significativo que en algunas partes de Tanzania, donde la economía está colapsada y no queda dinero para arreglar las carreteras, la población está empezando otra vez a comer bien porque, al no poder seguir exportando, vuelven a poder gozar de soberanía alimentaria.

El tema recurrente de Mahatma Gandhi era que las telas producidas masivamente en Lancanshire habían destruido la industria textil artesanal india, radicada en los pueblos, y había degradado la vida rural. Innumerables cardadores, tintoreros, hiladores y tejedores, que mantenían la economía del pueblo, se arruinaron, y el pueblo indio perdió su vida eco-nómica y social.
Por esas mismas razones en EE.UU. y Gran Bretaña ha desaparecido el pequeño campesino y el artesano, y lo mismo está ocurriendo en el resto de Europa. Incluso los agricultores algo más importantes y las empresas de tamaño medio padecen en todas partes una dura presión. Durante la recesión de 1991, la comunidad agrícola europea estuvo al borde de la bancarrota y sólo los grandes agricultores quedaron con posibilidades de sobrevivir. En EE.UU., la agricultura está en un brete similar. La situación de las pequeñas y medianas empresas no es mucho mejor. El libre comercio destruye el medio ambiente y las sociedades autóctonas alrededor de todo el planeta. La libertad que demanda es la libertad de globalizar la economía para actuar impunemente contra el ser humano y contra la Naturaleza.

LO NECESARIO ES LO CONTRARIO
Lo necesario es precisamente lo contrario, una transición a un mundo de comunidades autosuficientes, que realicen sus propias actividades autosuficientes, que realicen sus propias actividades eco-nómicas en el ámbito familiar, del pequeño negocio artesanal y de la comunidad, para satisfacer las necesidades locales por medio de los mercados locales. Sólo de esa manera se puede subordinar la actividad económica a los imperativos biológicos, sociales, ecológicos y morales, subordinación necesaria, sin duda, para sobrevivir mucho tiempo en este maltratado planeta.

Edward Goldsmith es el fundador de The Ecologist




 

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