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Pedro Burruezo, fundador de EcoActivistas, grupo que dirige la publicación, resume lo que han sido todos estos años y habla de la verdadera razón de ser de la revista: la ecología profunda

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Campaña The Ecologist contra los Transgénicos

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El pasado 5 de octubre, La Vanguardia publicó un artículo de Daniel Ramón, de la Universitat de València/IATA-CSIC, en el que el articulista abogaba claramente y sin ambajes por los alimentos transgénicos. En el escrito, un texto similar a los que vienen publicando en los últimos años los adalides de la modificación genética (a veces, a sueldo de las propias transnacionales que los patentan), se afirman algunas cosas que son verdades a medias o, simplemente, errores. El artículo que adjuntamos a continuación, escrito por Gian Carlo Delgado (autor de La amenaza biológica –Plaza y Janés 2002–), quiere poner un poco de luz ante la confusión promovida por el artículo de Ramón, falto de rigor científico y tendencioso en la parcialidad de sus informaciones.

¡No necesitamos alimentos transgénicos!
Gian Carlo Delgado Ramos

Ante la peculiar argumentación de especialistas que han publicado y continúan publicando análisis descuidados y/o "codificados" sobre la inminente necesidad de los organismos genéticamente modificados (OGM), resulta primordial la permanente reflexión y actualización de un cuadro de situación que permita identificar aquellas líneas que de fondo recogen el discurso de las multinacionales y sus expertos. Y es que el "enriquecimiento" del discurso pro-transgénicos también se produce al generar confusión, resultado de un manejo particular y parcial de la información y de la crítica. Lo que se juegan no es poca cosa: los bionegocios agrícolas o de la industria Agbio ya se valoran en unos 3 mil millones de dólares.

Como se puede leer en mi libro, La Amenaza Biológica (Plaza y Janes, 2002), algunas ideas que se vienen popularizando no son del todo correctas, incluso resultan ser totalmente falsas. Revisemos brevemente algunas de ellas:

1) "Las semillas transgénicas son descubrimientos indispensables y necesarios para alimentar al mundo, proteger el ambiente y reducir la pobreza en los países en desarrollo" (CEO de DuPont). La inteligencia convencional sigue sin querer reconocer que el problema del hambre en el mundo no es la falta de alimento, sino la pésima distribución de éste; tal "ignorancia" permite a las multinacionales agroalimentarias afirmar que su objetivo principal no es hacer negocio sino alimentar a la población mundial. Para ello, y aunque de fondo se trate de un asunto económico-político, la industria Agbio se está centrando en dos áreas principales: la de las plantas y la de animales modificados. En ambas se persiguen cuatro finalidades: (a) Mejoramiento cualitativo de las características genéticas inherentes a las propias plantas y animales (resistencia a plagas y enfermedades, incremento en la producción, etcétera); (b) La llamada nutriceuticals busca "mejorar" las plantas para el consumo específico del ganado y del hombre (adición genética de vitaminas o vacunas) y para la modificación de la apariencia y sabor de los productos; (c) La llamada agriceuticals se enfoca en la producción de sustancias y diversos materiales para fines médicos e industriales, a partir de plantas y animales modificados; y (d) Control social-reproductivo mediante semillas espermicidas y abortivas.
Dicho instrumental es fundamental, nos informan, para combatir las deficiencias alimenticias y/o la hambruna, sobre todo en los países del Sur (caso de las ayudas humanitarias estadounidenses que ya incluyen hasta en un 100% granos transgénicos). Tal flamante intención es, por lo demás, contradictoria con la naturaleza intrínseca del instrumental a utilizar: los OGM. Como se sabe, las especificaciones del diseño genético son funcionales a la consolidación de una dependencia permanente de los agricultores a la compra de semillas modificadas, ya que las cosechadas son estériles y, por tanto, no se puede guardar una parte para el siguiente ciclo productivo (tecnología Terminator, 1998). Se suma la tecnología Traitor (1999), que sobrepasa drásticamente la naturaleza genética de los vegetales al inducirlos a una permanente dependencia agroquímica. Las patentes (Monsanto: WO 9744465, o Astra/Zeneca: 5789214) revelan que se están desarrollando semillas suicidas (Terminator) con características (Traitor) que pueden ser activadas o desactivadas por sustancias "reguladoras" mezcladas en los agroquímicos de las mismas multinacionales (pesticidas, fertilizantes, herbicidas, etc). La versión de Monsanto/Pharmacia (EUA) no permite que las semillas germinen si no son expuestas a una sustancia específica. Entonces, es evidente que los transgénicos sirven y están diseñados para favorecer los intereses del empresariado que paga por su investigación y desarrollo. Téngase presente que el control de las patentes y tecnología agrícola, según información de la US Patent and Trademark Office de 1998, ya estaba en un 74% en manos de seis multinacionales: Pharmacia/Monsanto, DuPont (EUA), Novartis/Syngenta, Dow (+ Cargill de EUA y KWS AG de Alemania), Aventis (Francia) y Grupo Pulsar/Savia (México). Es, pues, un escenario donde la agricultura de autosuficiencia y el pequeño y mediano agricultor no tienen cabida, y por tanto el mecanismo para supuestamente alimentar al Sur… queda bien definido: la producción agroindustrial que opera bajo la lógica del mercado. La misma tendencia se registra en el Norte, aunque con sus respectivas particularidades.

2) Los problemas particulares del Sur se vienen resolviendo desde la investigación pública. "Todos los ejemplos tienen el mismo patrón: fondos públicos, problemas puntuales de productividad o déficit nutricional". (Daniel Ramón. La Vanguardia, 05/10/2003) Como el registro de patentes lo demuestra, la mayoría de la investigación en OGM es realizada por el sector privado, aunque, en efecto, las instituciones de investigación pública tienen información estratégica sobre los principales cultivos en el mundo, resultado de la vieja preocupación de los gobiernos por garantizar la seguridad alimentaria de su población y que ahora es relegada a las multinacionales bajo los impulsos de la globalización (nótese que se trata de un factor central en la lógica capitalista del desarrollo científico-técnológico que crecientemente viene radicalizando la propiedad y gestión privada, incluyendo la de las ciencias básicas). Aunque se registran en estos espacios casos de privatización convencional, las ofertas para la compra de los resultados de sus investigaciones es más popular (caso del fallido "ofrecimiento" de Monsanto para comprar la información desarrollada por el Centro de Mejoramiento del Maíz y del Trigo - Cimmyt en México). La transferencia de científicos y ciertos técnicos hacia el sector privado va de la mano o sustituye el punto anterior. Y para completar el panorama, el financiamiento de las instituciones públicas en el Sur es particularmente recortado y reemplazado por capital privado, a través de liberalizar el sector de ciencia y tecnología. Por ejemplo, desde préstamos condicionados del Banco Mundial (caso del Consejo Nacional en Ciencia y Tecnología - Conacyt en México). Consulte Delgado, 2002.

3) Los riesgos sanitarios o catástrofes ambientales son inexistentes. Si bien es cierto que se trata de aspectos poco conocidos e investigados (EUA destinaba, hasta el año 2000, entre uno y dos millones de dólares en ese rubro), las multinacionales y los gobiernos que las apoyan no se detienen ante el grado de incertidumbre que genera el avance biotecnológico, al contrario. No obstante, la punta del iceberg de los impactos, en este caso, de los OGM, ya comienza a visualizarse. En cuanto a los riesgos a la salud humana, por ejemplo, son ya numerosos los casos de reacciones alergénicas. La soja transgénica de Pioneer causó, en EUA, la muerte de 27 personas y más de 1.500 afectados. La papa transgénica, en una investigación con ratones, mostró que altera el sistema inmunológico y retarda el crecimiento. La toxina Bt y sus subespecies, israelensis (Bti) y kurstaki (Btk), causan, según los resultados de la investigación de laboratorio de Tayabali y Seligy, toxicidad en células humanas expuestas. Según la cantidad consumida, las consecuencias pueder ir de irritación en la piel e infecciones hasta el debilitamiento del sistema inmunológico (mutilación de células humanas). Respecto a los costos ambientales, el mejor ejemplo es el de la contaminación genética de especies mexicanas endémicas de maíz, dada a conocer por el equipo de científicos de la Universidad de Berkeley (lidereado por el Dr. Chapela) y corroborada por la Universidad Nacional Autónoma de México, por el Instituto Politécnico Nacional y por el propio Gobierno de México. La contaminación ya se extiende a 9 Estados (o comarcas) del país, y entre los contaminantes que se han encontrado están el Bt (Cry9c), identificado como el maíz Starlink de Aventis y prohibido para consumo humano en EUA; el Bt de semillas de Monsanto y Novartis; y rastros de la proteína CP4-EPSPS de Monsanto (que indica la modificación para resistencia a herbicidas). Otro ejemplo esclarecedor sobre la realidad de las consecuencias ambientales de los OGM es el resultado de la investigación realizada por un comité científico de Gran Bretaña, presentados por el gobierno de ese país y la Royal Society. Según Chris Pollock, ecologista y responsable del comité, los resultados fueron "inesperadamente sorprendentes y dramáticos", porque se encontró, entre otros factores, una fuerte reducción de la flora herbácea aledaña a los cultivos de transgénicos de remolacha y colza.

4) Las OGM permiten introducir características novedosas y benéficas como la resistencia a plagas y estrés, aumentando la productividad y reduciendo el consumo de insecticidas. Como se ha venido demostrando, los OGM no siempre son "mejores" en términos de productividad que las variedades no-modificadas, orgánicas y/o nativas (consúltese los resultados del comité británico antes mencionado, así como el trabajo que desarrolla la Research Foundation for Science, Technology and Ecology). Varios especialistas y agricultores han señalado que el uso de semillas transgénicas, a pesar de aumentar la productividad en algunos casos, generalmente incrementan los costos. Ello se debe, o bien como resultado del pago de la semilla modificada, y/o a consecuencia de un incremento en el uso de otros agroquímicos (caso de los "reguladores" para las semillas Traitor u otros "aditivos" que las multinacionales venden como parte de sus "paquetes tecnológicos"). La confusión pública se torna importante ante datos como los ofrecidos por el National Center for Food and Agricultural Policy (NCFAP). Según afirma un informe de esa institución, en base a 40 estudios de caso de 27 cultivos transgénicos en EUA, seis cultivos producen, en la misma área cultivada, 6 millones 350 mil toneladas adicionales de productos, incrementan el ingreso agrícola en 2 mil 500 millones de dólares y reducen el volumen de plaguicidas en 73 mil 940 toneladas. Ahora bien, esas cifras resultan, cuando menos, altamente cuestionables porque el informe de la NCFAP, como denunció en su momento ETC Group, fue financiado mayoritariamente por Monsanto, BIO (Organización de la Industria Biotecnológica), el Council for Biotechnology Information (un aparato de propaganda de las mismas industrias) y varias sociedades con intereses comerciales en el tema. ETC Group indica que, según Charles Benbrook, economista agrícola y autor de varios estudios sobre los resultados de los transgénicos, el informe de la NCFAP tiene fallas importantes. Por ejemplo, la mayoría de los datos positivos se basan en dos cultivos: la soja y el maíz. El cálculo de las entradas de los agricultores en ese estudio no se basa en ingresos, sino en el "ahorro" de lo que habrían gastado si con la soja hubieran usado otros herbicidas más caros. Este escenario no existe, porque los que no cultivan soja transgénica tolerante a un herbicida, advierte Benbrook, no necesariamente aplican otros herbicidas, compran la semilla más barata, y, en muchos casos, aun sin hablar de cultivos orgánicos, tienen métodos complementarios no químicos que les abaratan el costo. La soja transgénica requiere mayor volumen de herbicidas (un promedio del 11% más, según Benbrook, en un informe de mayo de 2001 para el Northwest Science and Environmental Policy Center) y produce menos que la soja convencional (2 a 8% menos). En el caso del maíz, el aumento de volumen es real (aunque sólo sea un porcentaje mínimo de la producción total), pero no compensa el gasto extra de los agricultores en las semillas transgénicas, que son más caras. En el periodo 1996-2001 alcanzó 659 millones de dólares extra por la semilla transgénica, mientras que el valor del volumen adicional producido fue de 567 millones de dólares. Es decir, perdieron 92 millones de dólares.

5) Las semillas y alimentos transgénicos pueden ofrecer la solución a los problemas nutricionales y de hambruna del planeta debido a que sus propiedades pueden ser mejoradas, por ejemplo al adicionar vitaminas, proteínas u otras sustancias alimenticias. Como advertí en La Amenaza Biológica, la rama nutriceuticals crecientemente viene tomando un nuevo empuje, no sólo como bandera para promover los transgénicos, sino porque el mercado estimado podría llegar a unos 29 mil millones de dólares. Pero tales espectativas siguen sustentándose en una estratégica comercial y no en su efectividad nutricional; su fracaso ha sido contundente. El caso del arroz dorado (con vitamina A) contribuye tan poco en la dieta que sería necesario comer 9 kilos diarios para alcanzar las cantidades recomendadas. Además, las personas con deficiencia de vitamina A generalmente no cuentan con suficientes grasas y proteínas para convertir la beta-carotena de dicho arroz en vitamina A. De modo similar, la patata enriquecida con proteínas sólo registra un incremento de aproximadamente 0.7% (pasando de 1.98 a 2.5%); no obstante, ha sido promovida como el milagro para combatir la malnutrición.

6) Los movimientos anti-transgénicos se oponen al desarrollo de la tecnología de modo irracional ya que descartan radicalmente y en paquete todo tipo de manipulación genética. Los movimientos campesinos y de otros sectores sociales, del Norte y del Sur, en general no rechazan la tecnología per se, sino un tipo peculiar de ésta. No se trata de un mero discurso más o menos "respetable", sino de una reacción frente al grado de incertidumbre, los pocos beneficios palpables para la sociedad y los peligros e implicaciones ecológico-sociales que ya se dejan ver. Y es que a contracorriente de las promesas que traen los OGM, el número de personas que tendrán acceso a la alimentación decrecerá como resultado de la concentración de la industria Agbio que ha logrado controlar crecientemente la producción, procesamiento y distribución de alimentos del planeta. El papel del Banco Mundial y otros organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio… es central. El objetivo, como se corroboró este año en la cumbre de Cancún, no ha sido otro que liberalizar el comercio de la agricultura, reestructurar la producción a través de semillas y ganado genéticamente modificado y distribuir los alimentos en todo el mundo, quitando a pueblos y gobiernos el ejercicio de eso que es un derecho básico suyo. Por eso, además de las consecuencias ambientales y a la salud ya antes mencionadas, cada vez es mayor el número de personas que coincidimos en señalar que no necesitamos transgénicos, aunque sí una ciencia y tecnología que fomente, en este caso, una agricultura ecológica y socialmente armónica. La labor de la sociedad para presionar a la cúpula política es fundamental para encausar la ciencia y la política nacional, regional y mundial hacia dicho objetivo.


 

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